Utopías en andrajos
Sunday, 01. 11. 2009 – Category: Observadores
Exclusivo para el Observatorio Sudamérica XXI
Por FERNANDO MOLINA
Director de la Revista boliviana Pulso. Escritor y ensayista, es autor de varios libros sobre la actualidad política latinoamericana.
“En Bolivia pasa todo, pero, al final, no pasa nada”. La frase se atribuye a Víctor Paz Estenssoro, nuestro político más destacado. Es una buena frase. Podría precisarse, aunque no mejorarse, de la siguiente manera: “En Bolivia todo lo que pasa es simbólico, nunca real”. Somos un país de mentalidad mítica, en el que aún se habla en serio y mayoritariamente del Gran Retorno, de la comunidad perdida, y en el que cada acto histórico se postula como sagrado porque repite o anula algún otro del pasado.
Una semana estamos recreando la reforma agraria, aniquilando los resabios de la servidumbre, comenzando la lucha física por el control de la tierra. La otra, nacionalizando las empresas petroleras y de telecomunicaciones. La siguiente, votando para cambiar la estructura del Estado e incorporar las autonomías. Y poco después, yendo a las urnas para revocar el mandato de autoridades que elegimos a fines de 2005, es decir, hace apenas dos años y medio.
Pues bien, todo esto, ¿para qué? Para que, a la hora de los hechos, todo se quede en agua de borrajas, en avisos, en símbolos, en triunfos de una parte que la otra desconoce, en nuevos “episodios históricos” que no afectan la vida cotidiana de los bolivianos.
Un signo contra otro. En eso consiste la política boliviana. En los años noventa se izó la divisa de la acumulación, de la creación de riqueza. En los últimos años, el pabellón de la redistribución, de la justicia social. Pero en los hechos… ni acumulación de riqueza en los noventa (o al menos no en la escala soñada), ni tampoco, ay, ninguna política consistente, seria, de amplios alcances, factible, para disminuir la desigualdad presente. Pese a las excelentes condiciones económicas del mundo, ni el desarrollo de la economía –que fue el “mantra” de los dirigentes de la década pasada–, ni el desarrollo de la gente –que es el leit motiv del discurso actual del poder– han descendido de las nubes esquemáticas entre las que preferimos habitar. No sólo de pan vive el hombre, dice el archiconocido refrán; los bolivianos también de ilusiones.
Tenemos ilusión en un milagro –que con el tiempo va cambiando de orientación ideológica– que nos saque de una sola vez, y sin demora, de nuestra condición de impotencia y orfandad. Por eso nuestros símbolos por antonomasia son la Constitución –ésta o la de antes– y los Estatutos Autonómicos. Unas leyes generales, ¿qué puede ser más inmaterial que esto? Por supuesto que no cambiarán ni una pizca de la situación de fondo del país, pero esto no es óbice para en torno a ellas se produzcan toda clase de conflictos, se amenace con guerras civiles, se despilfarre la energía de miles de huelguistas de hambre y de centenares de miles de manifestantes. Y es que Bolivia, como ya habrán comprendido los lectores, es un país escolástico, bizantino. Siempre dispuesto a morir en nombre de Dios, o, mejor, de los dioses tutelares de cada una de sus fantasías políticas. No es casual que sea justamente aquí donde haya caído el Che, junto a un puñado de hombres andrajosos en medio de la nada. Pues este es el reino donde las utopías viven (en andrajos, pero viven); un país tan alto, y con el aire tan enrarecido, que en él ya no es posible la carnalidad. Al final, sin embargo, ni siquiera se muere, o no mueren todos los que prometieron dar su vida, porque esto finalmente sería algo concreto (lo que, bien pensado, no deja de ser una ventaja de nuestro carácter “metafísico”, que fue como lo calificó hace años el escritor Augusto Céspedes).
¿Qué son al final las autonomías departamentales sino también una ilusión? ¿No reflejan de alguna manera la necesidad cruceña de librarse de la carga que representa el empobrecido altiplano occidental, su gente y su tradición ideológico-política? El programa de las autonomías es algo más que una propuesta de descentralización; se trata igualmente de un intento de refundación, en este caso de una sociedad que sea la imagen especular, invertida, de la que se atribuye a la colectividad occidental. Una sociedad, por tanto, consagrada a la creación de riqueza –al punto de subvalorar las posibles consecuencias ecológicas y sociales de esta actividad–, dispuesta a respaldar ampliamente a la inversión extranjera y dotada de un prolijo orden político. Una sociedad como la chilena, podríamos decir, simplificando. Se trata, ciertamente, de una utopía, simétrica a la utopía de la sociedad igualitaria que el gobierno pretende “refundar” con una nueva Constitución.
Pensar en cambios totales, en panaceas como la Constitución o las autonomías, que inicien etapas históricas radicalmente distintas de las anteriores, es la forma específica de evasión que tenemos los bolivianos, frustrados por la miseria de nuestras condiciones de vida. Al final, seguimos siendo tan pobres, desiguales, dependientes e ignorantes como siempre. Potencia mundial, eso sí, en filosofía de la historia.